jueves, 23 de agosto de 2012

Una gran castigo, amerita una gran explicación

No he escrito porque me castigaron otra vez. No fue por no hacer mis deberes, ni por desobedecer, tampoco por hablar mal de Elvis o modificar el himno de mi colegio; fue porque un tipo de la cafetería en donde trabaja mamá, Rose, me preguntó algo lo demasiado insultante como para levantarme del asiento y darle un manotazo a la taza de café que tenía en frente: "tu madre me habla muy bien de ti. Seguro eres la primera de tu clase ¿no? ¿te gustaría que salieramos los tres, tu madre, tú y yo?"
¿Que soy la primera de mi clase? Y qué demonios se creía ese, cómo se le habría ocurrido halagarme de tal manera. Claro, me encantaría entrar a la universidad y estudiar leyes, pero de ahí a ser la primera de mi curso ¿es que tengo cara de no tener vida?
Entonces le boté la taza de un manotazo. Rose se percató y me miró enojada; antes que abriese la boca y dijera nada, tomé mi bolso, hice un nervioso paso con los pies, como bien hacía Elvis al bailar, y salí huyendo del lugar.

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