Ha sido un día un tanto extraño. Mi vecina Marie no ha salido de su casa en todo el día, según escuché a una señora que no cesaba de cuchichear con su amiga en el bazar de la esquina.
Conozco a Marie desde hace tiempo. Cuando se las da de ermitaña, es porque no le ha ido bien tanto en lo académico como en lo literario. Ella escribe ‘novelitas’.
Hubo un tiempo en que me las leía, eran bastante buenas. Recuerdo una que trataba de un cocodrilo vagabundo. El pobre animal lo único que quería era retornar a su hogar, pero nunca pudo… Este lo aplastó. Al momento de llegar a tan esperado lugar, la tierra se sacudió muy rápida y furiosa, logrando que la casa del cocodrilo se fuese abajo aplastándolo por completo.
No es la historia más alegre que tiene pero, al menos, llama mi atención.
En fin. Después de tomar una taza de té, toqué el timbre de su casa.
Me recibió muy despeinada, con ojeras y labios secos. Sí, había llorado, y cuando se lo pregunté, supe que era por dos motivos: primero, porque Jake- un personaje de sus cuentos- había muerto sin antes encontrar al amor de su vida (que era una Ninfa. La imaginación es tan inefable con los gustos…); y segundo, porque el único seguidor de su blog, amenazó con abandonarlo si no escribía cosas buenas como de costumbre; por lo que ella le rogaba, a través de mensajes, que no lo hiciera.
Ahora que lo analizo… No tengo idea qué tan extraño o tan patético es el asunto, pero gracias a estos pequeños y ‘grandes’ detalles, mi amiga decidió tomarse unas ligeras vacaciones. Según dice se llaman ‘terapias’, las cuales no constan ni necesitan de un psicólogo, sino de poder reencontrase con consigo misma, y hallar la paz y la cordura.
Conforme a esto último, sólo puedo agregar que la intelectualidad de mi vecina me aburre. Prefiero leer mil veces la historia del cocodrilo, que analizar el significado de la palabra ‘cordura’.
Cambiando drásticamente de tema, el hervidor ya no sirve, por lo que tuve que pedirle uno a Marie. Sin embargo, la pobre estaba tan angustiada, que no pudo ni responderme Tan sólo atinó a verme con su hervidor de agua bajo el brazo, una vez que decidí regresar a mi casa.
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